Hoy es una linda tarde para dormir, porque llueve en Argentina.Sinceramente estoy demasiado agotado para pensar algo realmente interesante, así que les dejo una foto del gran amor de mi vida y una poesía dedicada a ella.
Paz y bien.
ODA A PAQUITA
Como una pelota
de lana negra,
corriendo apurada,
encuentro a mi perra
sus ojos vivaces,
orejas paradas,
andar de cachorra
¡y siempre alocada!
Llegó a nuestra vida,
por una tristeza
y se instaló en ella,
como una princesa.
Ella nos observa,
con mucha atención
y luego nos ladra
¿¿ será de emoción??
Corre con su hueso,
por todo el lugar.
Lo tira a mis pies,
Propone jugar.
Aún no he conseguido
Que me pueda hablar
Pero todavía,
Lo voy a intentar.
¿Será necesaria,
Otra intervención?
¿Un profesional
Con otra visión?
Múltiples miradas
Sobre mi cachorra,
No importan las caras,
El afecto sobra.
NOTA IMPORTANTE:La poesía publicada fue escrita por Valeria Gomez (mi vieja) y está registrada bajo las leyes de autor de la República Argentina. El Aviso por si alguno desea copiarla o apropiarla, sepa que no solo es un delito sino que se va a comer el juicio de su vida (y sus nietos van a pagar la universidad de los míos y de mi hermano).
Les dejo un cuento de Julio Cortazar, reconocido autor belga-franco-argentino.Dedicado a Atenea, ya que le recomende este autor hará cosa de un mes.
El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguirá hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas. por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tonteria de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendria que salir fácilmente pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estará impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahi arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridiculo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izqulerda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, sunque su mano izquierda le duela cads vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fria, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.
Les dejo un cuento de este magnífico autor. Es de su libro "Poemas en Prosa", el cual es realmente hermoso. Y bastante difícil de conseguir.
EL MAESTRO DE LA SABIDURÍA
Desde su niñez había sido como es quien está lleno del perfecto conocimiento de Dios, y cuando no era todavía más que un adolescente, muchos de entre los santos, lo mismo que algunas santas mujeres que habitaban en la ciudad libre donde él nació, se habían quedado asombrados por la grave sabiduría de sus respuestas.
Y cuando sus padres le hubieron entregado la túnica y el anillo de la edad viril, les besó y se separó de ellos, y se fue por el mundo, para hablar al mundo de Dios. Pues había muchos en el mundo en aquel tiempo que no conocían a Dios o tenían de Él no más que un conocimiento incompleto o adoraban a los falsos dioses que moran en las arboledas y no se cuidan de sus adoradores.
Y dirigió su rostro hacia el sol y emprendió su camino, andando sin sandalias, como había visto caminar a los santos, y llevando al cinto una bolsa de cuero y una pequeña redoma de barro cocido para el agua.
Y yendo a lo largo del camino se sentía lleno del gozo que procede del perfecto conocimiento de Dios, y cantaba sin cesar alabanzas a Dios. Y después de algún tiempo llegó a una tierra extraña en la que había muchas ciudades.
Y atravesó once ciudades. Y algunas de estas ciudades se hallaban en los valles, y otras estaban en las orillas de grandes ríos, y otras estaban erigidas sobre colinas. Y en cada ciudad encontró un discípulo que le amó y le siguió, y le seguía también una gran multitud de gente de cada ciudad, y el conocimiento de Dios se esparció por toda la comarca, y muchos de los dirigentes se convirtieron, y los sacerdotes de los templos que albergaban a ídolos se dieron cuenta de que habían desaparecido la mitad de sus ganancias, y de que cuando batían sus tambores a mediodía, nadie, o tan sólo unos cuantos, venían con pavos reales o con ofrendas de carne, como había sido costumbre en aquella tierra antes de su llegada.
Sin embargo, cuanto más le seguía la gente y mayor era el número de sus discípulos, tanto mayor se volvía su tristeza. Y él no sabía por qué su aflicción era tan grande, pues hablaba siempre de Dios, e inspirado por la plenitud del conocimiento perfecto de Dios que Dios mismo le había dado.
Y, una tarde, salió de la undécima ciudad, que era una ciudad de Armenia, y sus discípulos y una gran multitud de gente iban tras él; y subió a una montaña y se sentó en una roca que había en la montaña, y sus discípulos, de pie, le rodearon, y la multitud se arrodillo en el valle.
Y él inclinó la cabeza, la ocultó entre las manos y lloró, y dijo a su alma:
-¿Por qué estoy lleno de tristeza y de temor, y es cada uno de mis discípulos como un enemigo que anda a plena luz del día?
Y su alma respondiéndole le dijo:
-Dios te llenó del conocimiento perfecto de sí mismo, y tú has entregado ese conocimiento a los demás. La perla de gran precio la has dividido, y la túnica inconsútil la has rasgado en dos pedazos. El que entrega la sabiduría se roba a sí mismo; es como quien da su tesoro a un ladrón. ¿No es Dios más sabio de lo que eres tú? ¿Quién eres tú para desvelar el secreto que Dios te ha confiado? En un tiempo fui rica, y tú me has empobrecido. En un tiempo vi a Dios, y tú me le has ocultado.
Y lloró de nuevo, pues sabía que su alma le decía la verdad, y que había dado a otros el conocimiento perfecto de Dios, y que era ahora como alguien que se agarra a la túnica de Dios, y que su fe le estaba abandonando a razón del número de los que creían en él.
Y se dijo a sí mismo:
-No hablaré más de Dios. Quien entrega la sabiduría se roba a sí mismo.
Y algunas horas después, sus discípulos se acercaron a él y se prosternaron y dijeron:
-Maestro, háblanos de Dios, pues tú tienes el conocimiento perfecto de Dios, y ningún hombre más que tú tiene ese conocimiento.
Y él respondiéndoles dijo:
-Os hablaré de todas las demás cosas que hay en el cielo y en la tierra, pero de Dios no os hablaré. Ni ahora ni en ninguna otra ocasión os hablaré de Dios.
Y ellos se encolerizaron contra él y le dijeron:
-Nos has conducido al desierto para que te escucháramos, ¿quieres despedirnos ahora hambrientos, a nosotros y a la gran multitud que has hecho que te siguiera?
Y él respondiéndoles dijo:
-No os hablaré de Dios.
Y la multitud murmuraba contra él y le decía:
-Nos has conducido al desierto y no nos has dado alimento que comer. Háblanos de Dios y nos bastará. Pero él no les respondió palabra alguna, pues sabía que si les hablaba de Dios entregaría su tesoro.
Y sus discípulos se fueron entristecidos, y la multitud regresó a los hogares, y muchos perecieron por el camino.
Y cuando estuvo solo, se levantó y dirigió su rostro hacia la luna, y viajó durante siete lunas, sin hablar a ningún hombre y sin dar respuesta alguna. Y, cuando la séptima luna estaba en su cuarto megguante, llegó a ese desierto que es el desierto del Gran Río. Y habiendo encontrado una caverna en que había vivido un centauro la tomó por morada, y se hizo una estera de juncos para lecho, y se convirtió en ermitaño. Y, a cada hora, el ermitaño alababa a Dios que había permitido que conservara algún conocimiento de Él y de su grandeza admirable.
Y una tarde, estando el ermitaño sentado delante de la cueva en la que había hecho su morada, vio a un joven de rostro hermoso y perverso que pasaba por allí vestido pobremente y con las manos vacías. Cada tarde, con las manos vacías pasaba el joven por allí, y cada mañana volvía con las manos llenas de púrpura y de perlas; pues era ladrón y robaba a las caravanas de los mercaderes.
Y el ermitaño le miró y se apiadó de él, pero no le dijo una palabra; pues sabía que quien dice una palabra pierde la fe.
Y una mañana, cuando volvía el joven con las manos llenas de púrpura y de perlas, se detuvo y frunció el ceño y golpeó la arena con el pie, y dijo al ermitaño:
-¿Por qué me miras siempre de ese modo cuando paso? ¿Qué es lo que veo en tus ojos? Pues ningún, hombre me había mirado antes de ese modo. Y es una espina y me causa una inquietud.
Y el ermitaño le respondió y dijo:
-Lo que ves en mis ojos es compasión. La compasión es lo que te mira desde mis ojos.
Y el joven se rió con desdén, y gritó al ermitaño con voz desapacible, y le dijo:
-Tengo púrpura y perlas en las manos, y tú no tienes más que una estera de juncos para acostarte. ¿Qué compasión habrías de tener por mí? ¿Y por qué razón tienes esa piedad?
-Me das compasión -dijo el ermitaño- porque no tienes conocimiento de Dios.
-¿Es cosa valiosa ese conocimiento de Dios? -preguntó el joven.
Y se acercó a la entrada de la caverna.
-Es más valiosa que toda la púrpura y que todas las perlas de este mundo -respondió el ermitaño.
-¿Y tú lo tienes? -dijo el joven ladrón.
Y se acercó más aún.
-Hubo un tiempo, en verdad -respondió el ermitaño-, en que yo poseía el conocimiento perfecto de Dios; pero en mi necedad me separé de él, y lo repartí entre los demás. No obstante, incluso ahora, lo que me queda de ese conocimiento es más valioso que la púrpura o las perlas.
Y cuando oyó esto el joven ladrón, arrojó la púrpura y las perlas que llevaba en las manos, y sacando una cimitarra afilada de acero curvado dijo al ermitaño:
-Dame, ahora mismo, ese conocimiento de Dios que posees, o ten por cierto que te mataré. ¿Cómo no habría de matar a quien tiene un tesoro mayor que mi tesoro?
Y el ermitaño extendió los brazos y dijo:
-¿No sería más ventajoso para mí ir a las moradas recónditas de Dios y alabarle que vivir en el mundo sin tener conocimiento de Él? Mátame si es ese tu deseo, pero no te entregaré mi conocimiento de Dios.
Y el joven ladrón se puso de rodillas y le suplicó, pero el ermitaño no quiso hablarle de Dios, ni darle su tesoro, y el joven ladrón se levantó y dijo al ermitaño:
-Sea como deseas. En cuanto a mí, iré a la ciudad de los Siete Pecados, que está sólo a tres días de camino desde este lugar, y a cambio de mi púrpura me darán placeres, y a cambio de mis perlas me venderán alegría.
Y recogió la púrpura y las perlas y se fue apresuradamente.
Y el ermitaño le llamó a gritos y le siguió y le suplicó. Por espacio de tres días siguió al joven ladrón por el camino y le rogó que volviera, que no entrara en la ciudad de los Siete Pecados.
Y de vez en cuando miraba hacia atrás el joven ladrón al ermitaño y le llamaba, y decía:
-¿Quieres darme ese conocimiento de Dios que es más valioso que la púrpura y las perlas? Si quieres dármelo, no entraré en la ciudad.
Y siempre respondía el ermitaño:
-Todas las cosas que tengo te las daré, menos esa única cosa solamente; pues esa cosa no me es lícito entregarla.
Y, al crepúsculo del tercer día, llegaron cerca de las grandes puertas escarlata de la ciudad de los Siete Pecados. Y de la ciudad llegaba el sonido de muchas risas.
Y el joven ladrón respondió con otra risa, y quiso llamar a la puerta. Y mientras lo hacía, se adelantó corriendo el ermitaño y le cogió por los pliegues de la túnica, y le dijo:
-Extiende las manos, y pon los brazos en torno de mi cuello, aproxima el oído a mis labios, y te daré lo que queda del conocimiento de Dios.
Y el joven ladrón se detuvo.
Y cuando el ermitaño hubo entregado su conocimiento de Dios, se arrojó al suelo y lloró, y una gran oscuridad le ocultó de la ciudad y del joven ladrón, así que no los vio más.
Y mientras yacía allí llorando se daba cuenta de que había Uno de pie a su lado, y el que estaba a su lado tenía los pies de bronce y los cabellos como de lana fina. Y Él alzó al ermitaño y le dijo:
-Antes tenías el perfecto conocimiento de Dios; ahora tendrás el perfecto amor de Dios. ¿Por qué lloras?
Hoy les dejo un cuento de Rodolfo Walsh. Hace cosa de2 semanas lo escuche en la radio y me gustó.
Rodolfo Walsh fue un periodista argentino, muerto por la última dictadura militar. Se animó a escribirle una carta a la Junta Militar, que hizo publicar en todos los diarios grandes. La llamo "CARTA ABIERTA A LA JUNTA MILITAR". El que la quiera leer, puede hacerlo aquí.
Lo fueron a buscar y tras un enfrentamiento lo mataron y lo ocultaron, como tantos otros. Es un cuento largo, pero vale la pena.
Los dejo con el texto.
Esa mujer
Rodolfo Walsh
El coronel elogia mi puntualidad:
-Es puntual como los alemanes-dice.
-O como los ingleses.
El coronel tiene apellido alemán.
Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.
-He leído sus cosas-propone-. Lo felicito.
Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.
Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del rio. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneameme, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.
El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.
Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.
Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.
El coronel sabe dónde está.
Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.
El bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.
-Esos papeles -dice.
Lo miro.
-Esa mujer, coronel.
Sonríe.
-Todo se encadena -filosofa.
A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.
-La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.
-¿Mucho daño? -pregunto. Me importa un carajo.
-Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce años -dice.
El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.
Entra su mujer, con dos pocillos de café.
Contale vos, Negra.
Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.
-La pobre quedó muy afectada -explica el coronel-. Pero a usted no le importa esto.
-¡Cómo no me va a importar!... Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.
El coronel se ríe.
-La fantasía popular -dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.
Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.
-Cuénteme cualquier chiste -dice.
Pienso. No se me ocurre.
-Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.
-¿Y esto?
-La tumba de Tutankamón -dice el coronel-. Lord Carnavon. Basura.
El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.
-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.
-¿Qué más? -dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.
-Le pegó un tiro una madrugada.
-La confundió con un ladrón -sonríe el coronel . Esas cosas ocurren.
-Pero el capitán N. . .
-Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.
-¿Y usted, coronel?
-Lo mío es distinto -dice-. Me la tienen jurada.
Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.
-Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.
-Me gustaría.
-Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?
-Ojalá dependa de mí, coronel.
-Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.
Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.
-Mire.
A la pastora le falta un bracito.
-Derby -dice. Doscientos años.
La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.
-¿Por qué creen que usted tiene la culpa?
-Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.
El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.
-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leido a Hegel.
-¿Qué querían hacer?
-Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuanta basura tiene que oir uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.
-Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.
-Y orinarle encima.
-Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo levantando el vaso.
No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.
-Esa mujer -le oigo murmurar-. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.
El coronel bebe. Es duro.
-Desnuda -dice-. Eramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitan de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataud -el coronel se pasa la mano por la frente-, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso...
Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas, Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.
-Me pareció oir. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.
Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparccido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.
-...se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire -el coronel se mira los nudillos-, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?
-No.
-Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.
Vuelve a servirse un whisky.
-Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.
Bruscamente se ríe.
-Tuve que pagar la mortaja de mi holsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.
Repite varias veces "Eso le demuestra", como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.
-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahi. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.
-¿Pobre gente?
-Sí, pobre gente.-El coronel lucha contra una escurridiza cólera interior-. Yo también soy argentino.
-Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.
-Ah, bueno -dice.
-¿La vieron así?
-Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo...
La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más rémova encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.
-Para mí no es nada -dice el coronel-. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el 39. Yo era agregado militar, dése cuenta.
Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da... Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.
-A mí no me podía sorprender. Pero ellos...
-¿Se impresionaron?
-Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: "Maricón, ¿ésto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo." Después me agradeció.
Miró la calle. "Coca" dice el letrero, plata sobre rojo. "Cola" dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. "Beba".
-Beba -dice el coronel.
Bebo.
-¿Me escucha?
-Lo escucho.
Le cortamos un dedo.
-¿Era necesario?
El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.
-Tantito así. Para identificarla.
-¿No sabían quién era?
Se ríe. La mano se vuelve roja. "Beba".
-Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?
-Comprendo.
-La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.
-¿Y?
-Era ella. Esa mujer era ella.
-¿Muy cambiada?
-No, no, usted no me entiende. lgualita. Parecía que iba a hablar, que iba a... Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.
-¿El profesor R.?
-Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.
En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable.
-¿Enciendo?
-No.
-Teléfono.
-Deciles que no estoy.
Desaparece.
-Es para putearme -explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.
-Ganas de joder -digo alegremente.
-Cambié tres veces eI número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.
-¿Qué le dicen?
-Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.
Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.
-Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.
El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.
-La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.
Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cunal, remedios, cigarrillos, vida, muerte.
-Llueve -dice su voz extraña.
Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.
-Llueve día por medio -dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.
Dónde, pienso, dónde.
-¡Está parada! -grita el coronel-. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!
Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.
-No me haga caso -dice, se sienta-. Estoy borracho.
Y largamente llueve en su memoria.
Me paro, le toco el hombro.
-¿Eh? -dice- ¿Eh? -dice.
Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.
-¿La sacaron del país?
-Sí.
-¿La sacó usted?
-Sí.
-¿Cuántas personas saben?
-DOS.
-¿El Viejo sabe?
Se ríe.
-Cree que sabe.
-¿Dónde?
No contesta.
-Hay que escribirlo, publicarlo.
-Sí. Algún día.
Parece cansado, remoto.
-¡Ahora! -me exaspero-. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!
La lengua se le pega al paladar, a los dientes.
-Cuando llegue el momento... usted será el primero...
-No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.
Se ríe.
-¿Dónde, coronel, dónde?
Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí.
Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación.